martes, 24 de enero de 2012

CON EL CORAZÓN ROTO 22

Ya no eres joven. Ya no eres inocente. Entonces...¿Qué eres? Dímelo.
El jovencito vendía periódicos por la calle. Jack compró un ejemplar. Se puso a leer en mitad de la calle. Le costaba trabajo leer, pero le quedaba el consuelo de entender algunas palabras. Y todo era gracias a Kimberly. Su hermana le animaba a superarse. Y eso era lo que hacía. Pero no le parecía suficiente. Se sentía como un burro de carga.
Jack pensó que, en realidad, los periódicos no decían nada nuevo. Lo cerró. Comenzó a caminar en dirección a "LA PILARITA". Para Jack todos los días eran una repetición del mismo día. Era la misma rutina. Trabajo...La casa...Con sus alegrías, por supuesto.
Su percepción de la realidad era distinta a la del resto de los mortales.
Reses...Caballos...Vallas...Establos...La llanura...
El mugido de una vaca...El hierro candente que se usaba para marcarla.
Su jornada laboral empezaba alrededor de las ocho de la mañana. No tenía ganas de trabajar muchas veces. Acababa cansado. Intentaba aparentar normalidad. Por dentro, estaba hecho un basilisco. Estaba cansado. Estaba furioso. No sabía lo que quería. Bueno, sí lo sabía. Pero no podía decirlo en voz alta.
Vivía con la posición del Sol. Se orientaba mirando hacia el Este. Donde se encontraba el Sol. No tenía reloj y, a decir verdad, no lo necesitaba. No sabría leer las horas. Minutero...Segundero...Además, el pueblo contaba con una pequeña Iglesia. La campana daba la hora. Una aguja rápida...Entendía el sonido de las campanas. No entendía el funcionamiento de un reloj. No veía los números. Sólo sabía de marcar reses.
Sir Kyle tenía un reloj de pie en el salón. Era un reloj que, al dar la hora, salía un pajarito que decía: Cucú-cucú. Jack quería pegarle fuego a aquel reloj.
Su educación había sido muy básica. Sólo había una persona en su familia que había estudiado. Su hermana pequeña. Kimberly. De ella decían que se merecía el quedarse a vestir Santos.
Eso no le preocupaba.
No quería casarse.
Era feliz viviendo sola.
Jack no se lo creía.
En el pueblo, los vecinos creían que Kimberly era un ser extraño.
La mujer estaba siempre contenta. Le gustaba su trabajo como maestra. Era feliz siendo independiente. Ya había sufrido mucho por culpa de los hombres.
En cambio, Jack estaba casado y no era feliz.
Jack era pelirrojo. Igual que Kimberly. Jack tenía treinta y cinco años. Kimberly, mientras, tenía treinta y tres. Se parecían en algunos rasgos faciales. Como la nariz. O la forma de la boca. En el carácter, ambos eran bien distintos.
Kimberly no buscaba a un hombre. Los vecinos creían que era una perdida y algunos se quejaban de que le diera clase a los niños. Poco o nada tenían que decir de su labor como maestra, puesto que ésta era impecable. Kimberly estaba cansada de los hombres. O eso parecía. Por su vida habían pasado sólo sinvergüenzas. Todos aquellos romances habían terminado mal. Kimberly prefería enseñar a contar a los niños antes de verse envuelta en otra relación.
Jack estaba casado. Estaba casado con Danielle. Y no era feliz. No amaba a su mujer. Mientras, Kimberly era feliz. Era feliz enseñando a leer a los niños del pueblo.
Jack y Danielle llevaban casados siete años. No habían tenido hijos. Los años fértiles de Danielle se estaban acabando. Ella lo presentía. Jack pensaba que era mejor así. No se veía teniendo un hijo con su esposa. Pero ella sí quería ser madre. Había bebido toda clase de mejunjes para quedarse embarazada. Todo había sido en vano. Jack la había querido. Pero...No sentía por ella una gran pasión. Jamás la había sentido. Y a ella...Le pasaba lo mismo. Se llevaban bien. Eran buenos amigos. Eran como hermanos.
Jack sentía cierta comodidad al llegar a casa. Tenía el plato de comida en la mesa. La ropa la tenía limpia. Pero Danielle no era su criada y se sentía mal. Porque pensaba en ella como tal.
Hacía mucho que Jack se había resignado a no tener hijos. Su matrimonio hacía aguas desde hacía algún tiempo. Los dos se habían dado cuenta de ello. Jack no quería pensar en Danielle. Era orgulloso. No quería admitir un fracaso, como lo era su matrimonio. Quizás, por eso, pensaba tanto en ella.
En Olivia.
Lo hacía para no pensar en Danielle. Para huir de sus problemas con Danielle. ¿Cuándo fue la última vez que habló con ella? No una conversación informal...No...Una conversación seria...¿Cuándo fue? Hacía mucho...
No...Lo que sentía por Olivia era sincero.
A veces, mientras se dirigía a "LA PILARITA", Jack tenía la sensación de que sus pies no tocaban el suelo. Se sentía feliz. Le latía el corazón muy deprisa porque estaba pensando que, nada más llegar a "LA PILARITA", la iba a ver a ella, a la mujer que le había robado el corazón. La hija de Sean O' Hara.
Entonces, su mente retrocedió atrás unos días. Una tarde, Jack fue a "LA ISAURA". Era domigno y quería ver a Olivia.
En el porche, vio sentada a Kimberly. Sean estaba sentado junto a ella.
-Esto no puede seguir así-la oyó decir-No quiero hacerle daño a Livie. Es mi mejor amiga. No se lo merece.
-Nos merecemos estar juntos-insistió Sean-Livie lo entenderá.
-Creerá que quiero robarte tu cariño.
-Ella no lo verá así.
-Creerá que vengo a ocupar el lugar de su madre.
-Hablaré con ella.
-Dillon y Tyler podrían recibirme de igual forma.
-Hablaré con ellos.
-Sean, no quiero destrozar tu familia. No me lo perdonaría en la vida.
-Dillon y Tyler tienen su vida hecha. Poco o nada me importa lo que piensen. Deben de entender que tengo derecho a hacer lo que quiera con quien quiera y cuando quiera. Ya soy mayorcito.
-Aún así...
-Merecemos ser felices, Kim.
-Pero no podría ser feliz a tu lado sabiendo que tus hijos me odian. Y ellos podrían odiarte. Y sería por mi culpa. No...Eso no quiero que pase.
Entonces, Sean hizo callar a Kimberly sellando su boca con un abrasador beso.
Eso confirmó las sospechas de Jack. El padre de Olivia estaba interesado en Kimberly.
Se fue de allí sin ser visto.
Imposible.
Era imposible.
Jack negó con la cabeza. Hablaría con Sean. Necesitaba alcarar las cosas con él. Eran buenos amigos. Tenían que hablar sobre Kimberly. Y sobre Olivia... Sobre las dos...
Pasó por delante de la miserable choza donde vivía "EL MUELAS". El hombre estaba afilando un palo. Mordisqueaba un palillo con sus cuatro dientes.
-¡Hola, Jack!-le saludó.
Escupió el palillo. Cayó cerca de los pies de Jack.
Éste le devolvió el saludo con un ademán.
-Me imagino que vas a ver a la bella Olivia-se rió "EL MUELAS".
-Adonde yo voy es a trabajar y tú deberías de hacer lo mismo-le espetó Jack.
-Y eso haría. Pero estuve toda la noche en el "saloon". ¡Menudas chicas hay en él! Ardientes como el Sol que nos alumbra. Deberías pasarte por allí. Te divertirías mucho.
-Yo ya me divierto por mi cuenta.
-Jack, eres un hombre. Si Danielle no te da lo que tú quieres, tienes que buscarlo fuera.
-Me divierto con mi esposa. Así ha sido desde que nos casamos. No puedes opinar. No estás casado. Ninguna mujer te aguantaría.
-No me he casado porque sé que el amor no es para toda la vida. Haces un juramento en vano. Porque sabes que acabarás faltando a tu palabra antes o después. Ya sea de hecho o de pensamiento. Da igual. Faltas a tu juramento.
Siguió con su camino.
De momento, se conformaba con ver a Olivia. Hablaba con ella y procuraba disimular las miradas llenas de fuego que le lanzaba. Ella vivía ajena a todo. A él se le iban los ojos tras la joven. ¿Lo sabrían sus compañeros? No...No lo creía. Respiró tranquilo.
¡Jesús bendito! ¡No podía apartar la vista de ella! De Olivia...La deseaba con todas sus fuerzas. Pero ella nunca sería suya.

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